sábado, 13 de abril de 2013

Sábado de clásicos






Negra sea tu lengua negro tu mediodía negra tu esperanza
Sea todo negro menos mi honor blanco
Esté mi lobo en tu garganta

Sea la tormenta tu lecho
mi miedo la almohada
ancho tu campo de desasosiego

tu aliento de fuego tus dientes de cera
Ahora mastica glotón
Mastica cuanto quieras

Sordo sea tu viento sordo sordas flores de ceguera
Sea todo sordo menos mi fuerte rechinar de dientes
Mi halcón esté en tu corazón

Terror tu madre sea desolación


                                                                                            Vasko Popa
                                                                                            (Voivodina 1922 - 1991)

lunes, 8 de abril de 2013

Lunes de locales y nacionales



Ilegal

Estoy en otro país, eso dicen los mapas
la historia, o algún otro detalle
caras extrañas, risas que se ríen
con acento extranjero.

Ésta, es cierto
no podría ser mi ciudad.

Pero si clavo una pala en el suelo
el suelo, húmedo por el invierno
se abre como allá, y la lombriz
se revuelca sin patria porque ama la vida.

Y las moscas, idénticas se paran
también sobre montones de basura.

Y el carrizo y el frío
hablan lengua que entiendo.

                                                                Enrique Servín
                                                                (Chihuahua, 1958)


Pág. 142

Textos para la historia

de la literatura chihuahuense

Compiladoras: Ysla Campbell y María Rivera
UACJ 2002    

sábado, 6 de abril de 2013

Sábado de clásicos



OCTAVIO PAZ

En el chisporroteo del remolino
el guerrero japonés pregunta por su silencio,
le responden, en el descenso a los infiernos,
los huesos orinados con sangre
de la furiosa divinidad mexicana.
El mazapán con las franjas del presagio
se iguala con la placenta de la vaca sagrada.

El Pabellón de la vacuidad oprime una brisa alta
y la convierte en un caracol sangriento.
En Río el carnaval tira de la soga
y aparecemos en la sala recién iluminada.
En la Isla de San Luis la conversación,
serpiente que penetra en el costado como la lanza,
hace visible las farolas de la ciudad tibetana
y llueve, como un árbol, en los oídos.

El murciélago trinitario,
extraño sosiego en la tau insular,
con su bigote lindo humeando.
Todo aquí y allí en acecho.

Es el ciervo que ve en las respuestas del río
a la sierpe, el deslizarse naturaleza
con escamas que convocan el ritmo inaugural.
Nombrar y hacer el nombre en la ceguera palpatoria.
La voz ordenando con la máscara a los reyes de Grecia,
la sangre que no se acostumbra a la tenaza nocturnal
y vuelve a la primigenia esfera en remolino.

El sacerdote, dormido en la terraza,
despierta en cada palabra que flecha
a la perdiz caída en su espejo de metal.
El movimiento de la palabra
en el instante del desprendimiento que comienza
a desfilar en la cantidad resistente,
en la posible ciudad creada
para los moradores increados, pero ya respirantes.
Las danzas llegaron con sus disfraces
al centro del bosque, pero ya el fuego
había desarraigado el horizonte.

La ciudad dormida evapora su lenguaje,
el incendio rodaba como agua
por los peldaños de los brazos.
La nueva ondenanza indescifrable
levantó la cabeza del náufrago que hablaba.
Sólo el incendio espejeaba
el tamaño silencioso del naufragio.


                                                                       Marzo y 1971 

                                                                                              José Lezama Lima


Pág. 127

El reino de la imagen

Selección, prólogo y cronología

de Julio Ortega

Fundación Biblioteca Ayacucho, 2006

República Bolivariana de Venezuela

lunes, 1 de abril de 2013

Lunes de locales y nacionales




Como un tesoro que esperó mucho tiempo entre escombros



Una vieja, pequeña y cansada, sonríe
Debe cocinar en ollas de peltre
Y me gustaría tener una caja de cerillos
O una bolsa de terciopelo para guardarla
Como un tesoro que esperó mucho tiempo entre escombros
Algo para mostrar a los amigos
Miren, vengan a contemplar la maravilla
En esta cajita de cerillos (o en esta bolsa de terciopelo)
Guardo a una vieja que sonríe
Ya no necesita trabajar
No necesita planchar ropa ajena
Ni remendar pantalones o llorar por los hijos
Porque es mía y yo la guardo en una cajita de cerillos
O en una bolsa de terciopelo.
                                                                       

                                                                                      Mariana Orantes
                                                                                     (Ciudad de México, 1986)