martes, 27 de enero de 2015

De la casa (poetas por ayotzinapa)




El siguiente poema forma parte de la antología Poets for Ayotzinapa, realizada por el portal Mexico City Lit (mexicocitylit.com). Las traducciones estuvieron a cargo de María Cristina Fernández Hall y de John Z. Komurki.




Tongue That Says Nothing

Black your tongue black your midday black your hope
Vasko Popa
Now I am writing my tongue
turns black. The cows
in the meadows’ tongues
now are black

the children in the street
playing with black tongues,

the lovers in their cowardice
shield with terror their black tongue,

black from shame, black
like my eyes’ tomb, black
like my aunt Blackie, black
fewer parties, less flashy, but black.

The wolves hiding in the bathroom
have black tongues,

your mother as she cooks the black
tongue of the cows in the meadow,
tastes the dish
with her black tongue,

the wind ruffles the hair of the dogs
with their black tongue,
now in all the vomit my tongue
sports the proclaimed mourning of the black death,
like the storm over the city, black
as the windows’ blind song, black
without any other companion than blackness, black
as the marbles of the black-tongued children, black
as the mercurial lights of the street, black
as the apples in the field, black
and black serpents with black tongues, black
as the eyelashes of the black clouds.

The cats cough up black balls
off their black tongues,

the cows lick with their black tongues
the putrid smirks of the corpses,

Margarete’s hair has turned black
your golden hair Margarete.

The concierge who lets loose the wolves
Lets loose the wolves with his black tongue.

On the meadow the night’s black tongue falls
like the tongue of the old ladies outside the church,
like nostalgia for a light that doesn’t come,
like nostalgia for a light that won’t come.

Arturo Loera (Chihuahua, 1987) has written the books El poema vacío (ICM/Conaculta 2013), Cámara de Gesell (Praxis 2013) and La retórica del llanto (Tierra Adentro 2014). He is a Mexican Literature Foundation scholar.

martes, 16 de diciembre de 2014

Ciclo Joseph Brodsky



Canción

Ojalá estuvieras aquí, querida;
ojalá estuvieras aquí.
Ojalá estuvieras sentada
junto a mí, en el sofá.
Tuyo fuera el pañuelo,
mía la lágrima, camino del mentón.
Aunque podría, desde luego,
ser más bien al revés.

Ojalá estuvieras aquí, querida;
ojalá estuvieras aquí.
Ojalá estuvieras en mi coche
y cambiaras de marcha.
Nos hallaríamos en otra parte,
en una playa virgen,
o bien, volveríamos adonde
ya hemos estado.

Ojalá estuvieras aquí, querida;
ojalá estuvieras aquí.
Ojalá no supiera astronomía
cuando asoman las estrellas,
cuando la luna rasa el agua,
que cambia de postura en su sueño, a un suspiro.
Ojalá tuviera veinticinco centavos
para marcar tu número.

Ojalá estuvieras aquí, querida,
en este hemisferio,
mientras estoy sentado en la terraza
bebiendo a sorbos una cerveza .

Es tarde; el sol se está ocultando,
gritan los niños y lloran las gaviotas.
¿De qué sirve el olvido
si lo sigue la muerte? 


Joseph Brodsky

lunes, 8 de diciembre de 2014

Ciclo Joseph Brodsky



ADIÓS,
olvida
y no desfallezcas.
Deja tus cuentas claras
pues no regresarás.
Serás audaz
tu camino
será recto
sencillo.
Las estrellas de oropel
van a arder para ti
en la bruma,
la esperanza va a calentar
la palma de tus manos
en la hoguera.
Habrá ventiscas
nieve, lluvias
y el zumbido frenético del fuego,
tendrás más éxitos que yo
en el futuro.
Habrá vigorosas y hermosas
batallas
que retumbarán en tu pecho.
Soy feliz por aquellos
que, tal vez,
encontrarás.


Joseph Brodsky

lunes, 1 de diciembre de 2014

Un poema de Jirí Orten



Séptima elegía

Le escribo, Karina, y no sé si está viva,
si no está usted ya donde no existe el deseo,
si mientras tanto ha llegado a su fin su aún crítica edad.
¿Está muerta? Pida, pues, a su losa
que se haga leve. Pida a las rosas, señora,
que vuelvan a cerrarse. Pida al disgregarse
que le lea el informe de mi disgregación.
La muerte calla a la vista de los versos
en los que voy a usted
tan cruelmente joven y ya maduro,
que en mi juventud me parezco a un rey
de un reino perdido. Pero usted sabe
cuántas alas nos faltan para echar a volar en el vuelo de un ángel
cómo reímos con la sangre y con la sangre lloramos.
Encontré mi caída y quiero decirle dónde sucedió.
Una vez en el cielo (esto de Dios lo escribo)
la transparencia se hirió de rojo celeste
y sangraba. Luego partió.Era el crepúsculo.
Tal vez fue sólo un sueño en el que soñaba
madre y padre, la casa, mis dos hermanos;
tal vez fue sólo un sueño en el que un hombre
se descubre a sí mismo bajo los círculos de agua del estanque;
tal vez fue sólo un sueño, espejo de la luna,
mas no debí soñarlo, si no me hubiera despertado luego,
no debía dejarme en las llamas que daban frío.

¡La caída de Dios! ¡Qué caída! Luego está el niño solo,
sin la fuerza de la gracia que sabe
disminuir las dificultades, acortar la lejanía,
cerrar el infierno con el perfume y la violeta.
Y luego el niño está solo y se despierta y va
hacia una realidad de males. Piensa que no llegará.

El tiempo si no quiere no cura. El tiempo es un charlatán.
Una vez una mujer, llena de encantos,
la caída parecía un no-caer: estoy hablando de Narcisa.
Todo era leve. E inexpresablemente próximo
nos habló? el gozo. Fueron palabras
que nunca podrá disolver el viento,
era una lengua, la amada lengua materna
de labios, manos, ojos, cuerpos y del vientre amado,
donde la espléndida seguridad sobre un lecho se inclina;
era esa lengua que sin lengua habla.
¿Qué quería Narcisa, cuando ante sus espejos
se quedaba y las cosas de en torno al tocarlas rápidamente se helaban?
Como Narciso, su sombra, ella nada, no quería otra cosa
que contemplarse a sí misma sin alma, sin cuerpo,
en el transparente espejo, hallaba sólo palabras de belleza,
de dureza, más dura que el diamante,
anhelaba de sí misma saber en sueños ajenos.
No era como una fuente, sino que en fuentes se ahogaba.

Ah, ¿dónde brota aquello en cuyo seno fluimos?
¿De quién las noches insomnes tanto se han posado en mí
y se han dilatado tanto que ya no me queda espacio?
He encontrado mi caída. ¿Sobre qué? ¡Sobre el llanto!

Caían mis lágrimas. Caían sobre la ciénaga;
caían por un reino vivo de miseria y de lamento;
caían sin pudor, Karina, a usted le escribo,
pida a su losa, que con la lluvia lavo,
me siento como lluvia que llueve sobre su tumba,
me siento como un llanto, sin forma ni tiempo,
le escribo, Karina, y no sé si está viva,
si no está usted ya donde no existe el deseo,
si mientras tanto ha llegado a su fin su aún crítica edad.

Conozco a una niña. Es como un beso
todavía escondido en la boca, no se le permite más,
se despereza solamente al sol, que es tenue,
no quema, apaga la sed: adormece en el seno.
Es joven como la tierra, leve como el aliento,
como las hojas tiernas, como el alba y la felicidad.
También yo conozco hermosos días. ¿Mas donde me llevarán?
¿Lo sabía usted ya? ¿Y sabe usted, Karina?
Conozco también la grandeza de las mujeres: la espera de la madre,
tal vez regrese a ella un triste hijo.
Y conozco mi tierra, alegría sin causa,
y la fidelidad. Sí, pero ignoro dónde se encuentra ahora.
Conozco el despertar súbito de amarguras y desesperanzas,
mas conocer es muy poco, y muy poco es querer,
poco es saber la traición si el perdón es imposible.

La muerte calla en presencia de los versos, verá, lo sueño aún.
¿Ante qué tempestad calla? ¿Ante qué horror?
¿Qué entenderemos allí? ¿Qué nos disgrega?
¿Qué muere también allí? ¿Qué cae allí eternamente?
¿Los amores?

No quería, no quería callar,
perdonad a Narcisa, perdonad el pecado y al mundo,
encended una vela y rogad por la tierra,
que diciembre con su hielo no la postre demasiado,
que se le dé en abril lo que se les da a las flores,
que sea para ella la noche bandera en una torre,
que ondee hacia la luz, a la hora de los astros,
que los amantes la alaben por el dolor.

Tan cruelmente joven y ya maduro,
me río hasta sangrar y lloro lágrimas de sangre
y abandonado de Dios y a Dios abandonado,
le escribo, Karina, y no sé si estoy vivo...


Jirí Orten (Kutná Hora, 1919 – 1941)