miércoles, 7 de mayo de 2014

Ciclo Watanabe



Sala de disección

Un cadáver puede provocar una filosofía del ensimismamiento,
sin embargo los estudiantes admirablemente
estaban entusiasmados con su muerto,
lo rodeaban
y discutían con fervor la anatomía de ese cuerpo de piel coriácea.
Yo aprendía otra lección:
la vida y la muerte no se meditan en una mesa de disección.
Los estudiantes me previnieron
que iban a extraer el cerebro. Permanecí con ellos:
a veces soporto lo siniestro sin perturbarme demasiado.
No hay sofisticación instrumental para retirar un cerebro,
una modesta sierra de carpintero
cortó el cráneo a la altura de las sienes,
luego sumergieron el órgano mítico en un frasco lleno de formol.

Yo me dediqué a observarlo, solo, en otra mesa
mientras los estudiantes seguían cotejando su denso libro con el
muerto.
Sorpresivamente
una burbuja brillante brotó del interior del cerebro
como un mensaje venido de la otra margen,
y no había boca que lo pronunciaría.
No había boca.
La burbuja, muda, se deshizo en ese aire levemente podrido.


José Watanabe
(Perú, 1945 – 2007)

jueves, 1 de mayo de 2014

Ciclo Watanabe



La jurado

Dolorosas mudanzas de entrecasa
han convertido el cuarto de la difunta
en este desordenado escritorio
                      donde leo poemas de cien jóvenes
y con ignorancia
califico.

En la pared
queda una suave mancha de grasa
donde la difunta apoyaba su coronilla
de madre.
Desde allí
viene a leer conmigo.
Ella siempre fue petulante: yo soy el jurado
pero ella me adelanta
en el juicio, me condena otra vez
a hijo.

En las páginas de ustedes, muchachos, la muerte
tiene más nombres que la vida
y baila
ebria,
sonora, las mejillas pintadas como muñeca
de teatro y literatura.

Sólo un verso brillante, sólo dos y el resto
puras fintas, me dice
la jurado. La muerte
de verdad
es como la poesía: mírala venir
como una forma
de la templanza.


José Watanabe
(Perú, 1945 – 2007)

sábado, 19 de abril de 2014

De la casa



Nadie va a pagarme la resurrección

Tengo unas monedas de plata
que encontré tiradas en la banqueta
y en mi bolsillo se han vuelto perlas
y en la ciudad, un pedazo de carne.

Tengo unas monedas de plata
que encontré en la puerta de la iglesia
y en mis manos se convirtieron
en sangre y mercurio de Cristo.
     Judas debe estar muy decepcionado.

Previendo la pobreza,
guardé una moneda bajo mi lengua.
     Estoy dispuesto a sembrarla
y regar con mi saliva
la tierra de la avaricia.
                                   
                                 (Dependerá el color en cuestión del sacrificio)

Pensando esto, me quedé dormido
y soñé que de mi costado,
como huesos, costillas y tiempo,
nacían tres monedas negras.
Con ellas voy a comprar
una maleta de obsidiana
para empacar mis huesos
y ya no preocuparme por dinero
y quedarme dormido
y no hablarle a nadie
y esperar que cualquiera,
     con su tiempo, costillas y huesos,
quiera pagar una parte
de mi resurrección.


Arturo Loera




Este poema pertenece al libro Cámara de Gesell, de venta en http://www.editorialpraxis.com/  

jueves, 6 de marzo de 2014

Apuntes sobre poesía



El poema


Amaneces y echas una mirada: ya todo está ahí, el árbol y la serpiente y la piedra y el sol. Nada te estuvo esperando. Nada se vuelve para mirarte, ninguna cosa te pregunta nada, todo permanece y sigue su camino.
            Y entonces, por un rencor más profundo, vaya uno a saber por qué, tú también te pones a crear algo de lodo, de sueño, de puro aliento, de lo que se te ocurra, algo tuyo, según tu antojo. Lo sueltas al mundo y temes, no sabes si va a aprender a caminar, a hablar, si va a sobrevivir.
            Y si eso ocurre, y ocurre rara vez, pronto aquella cosa tuya, por ti creada, empieza a caminar por el mundo, pero a su propio antojo.
            ¿Te gusta eso entonces?


1953







Vasko Popa
El cansancio ajeno
Poesía completa
Traducción de Dubravka Suznjevic
Vaso Roto, Esenciales de poesía
P. 491