El universo
interior, donde la poesía es la soberana absoluta, tiene la particularidad de
ser inefable. Es como el aire; aparecen en él corrientes, diferencias de
temperatura y tormentas, pero su propiedad primordial es la transparencia total
y absoluta. ¿Cómo actúa, pues, ese universo interior, que es inefable y, no
obstante, nada desea tanto como expresarse? Se sirve de un subterfugio. Finge
estar interesado, y mucho, por la realidad exterior. ¿Se hunde un gran estado?
Estupendo, el universo interior está encantado: ya tiene un tema. La muerte
aparece en el horizonte. El universo interior, que se cree inmortal, se
estremece de alegría. ¿Una guerra? ¡De maravilla! ¿Un sufrimiento? ¡Albricias!
¿Los árboles? ¿Las rosas marchitas? ¡Todavía mejor! La realidad. ¡Bravo! La
realidad es simplemente imprescindible; si no existiera habría que inventarla.
La poesía se esfuerza por engañar a
la realidad; finge preocuparse por sus pesares. Menea compasivamente la cabeza.
Ay, otro terremoto—dice—. Oh, una nueva injusticia. Otra inundación, otra
revolución. Otra vez alguien ha envejecido.
La poesía teme que su secreto se
descubra. Un día, la realidad se percatará de que el corazón de la poesía está
frío. O que la poesía no tiene corazón, sino unos ojos enormes y un oído muy
fino. De pronto, la realidad comprenderá que no ha sido para la poesía más que
un pozo inagotable de metáforas, y se esfumará. La poesía se quedará sola en el
mundo, muda, vacía, triste e intransmisible.
Adam Zagajewski
Dos ciudades, pág. 206, Acantilado.
Traducción de J. Slawomirski y A. Rubió