sábado, 4 de mayo de 2013

Sábado de clásicos



Lo maravilloso en la poesía
o
víctima de unos pececillos decorativos



Mis poemas nadie los publicó.
Nadie los lee.
Son peligrosos:
despiertan bajos instintos,
corrompen el espíritu.
(Como afirma aquel
que aparecerá al final).
Son nocivos sobre todo para los niños.
Para los adultos también.
Me abandonaron todos los amigos.
Dejaron de amarme todas las muchachas.
Dijo una viuda que era yo un sujeto demoníaco.

Para no estar solo,
me compré tres pececillos rojos.
En una pecera de cristal.
Los alimentaba con pulgas acuáticas
y les cambiaba el agua.

Una vez
el gato pelado de la dueña
escogió el momento propicio
para hurtar
al más travieso, al más hermoso.
Los dos restantes daban vueltas horrorizados
en cuanto oían al pérfido animal.
Pero yo los protegía celosamente.

Una noche lluviosa,
por tristeza,
por soledad
o vaya a saber por qué,
decidí leer en voz alta
el poema que había escrito ese día.

Ridiculizándome a mí mismo,
hice una reverencia ante los pececillos
y declaré:
-¿Me permiten recitar unos versos?

Les leí un cínico
poema antisocial.
(Como afirma aquel
que aparecerá al final).

Cuando de nuevo los miré,
mi rostro se petrificó por la sorpresa:
su color se había vuelto gris oscuro;
con enormes mandíbulas
y dientes afilados
parecían tiburones minúsculos.

No rozaron siquiera las pulgas acuáticas
que del paquete les vertí,
pasaron con desdén delante de las migas de pan.

Agarré entonces al gato,
al gato pelado de la dueña,
y lo arrojé sobre ellos.
En un instante, en dos
el infeliz animal fue destrozado.

Desde ese día aquello se volvió
su alimento preferido.

Yo cada noche les leía
mi poesía depravada
(como afirma aquel
que aparecerá al final),
y ellos crecían
volviéndose fieros.
Se convirtieron en tiburones verdaderos.
La pecera con dificultad los contenía
y los gatos no los satisfacían.

A partir de ahí todo se desarrolló fulminante
y lógicamente:
cuando estaba leyéndoles el más terrible de mis poemas,
la pecera crujió
para romperse luego.
Los tiburones embistieron.
El más apacible abrió cuanto pudo sus mandíbulas
y me engulló.
El otro devoró el armario
donde estaba oculto un delator.

1961




                                                                          Constantín Pavlov 
                                                                         (Vitoshko 1933 – 2008)




Pág. 115 
Poesía y Poética #38
Departamento de Letras
Otoño 2000
Universidad Iberoamericana
Traducción: Reynol Pérez

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